27 de junio de 2009

Malecón de la Habana. Cuba.

Para los que amamos esta ciudad hay sitios en ella que nos son tan entrañables que terminan perdonándonos cualquier infidelidad. Porque el Malecón Habanero, por ejemplo, en la nocturnidad del verano abriga con los alisios, esa suave brisa que viene del mar, como diría para la eternidad Tito Gómez; y también es cierto que en tiempo de frentes fríos o tormentas, te defiende de la mar embravecida. Y todo esto para que después usted lo abandone por otro lugar de la ciudad, a la menor posibilidad...
Y así ha sido desde que se colocó la primera piedra a principios del siglo XX, cuando el malecón solo incluía el tramo que va desde Prado hasta la calle Crespo, con árboles y luminarias. Pero lo cierto es que la naturaleza terminó por imponer su propio proyecto: un largo muro desnudo, de concreto “pelado”, custodiando una ancha avenida y asediado por los embates de la corriente del Golfo.
Por cierto, ¿sabe usted cuál fue el primer nombre del Malecón?. Sencillamente así: Avenida del Golfo. La Historia del Malecón comenzó en 1819 cuando se puso en práctica el llamado “ensanche de extramuros”, pues la ciudad estaba creciendo y el espacio costero que iba desde la entrada de la bahía hasta el Torreón de San Lázaro, era solo un espacio abierto de roca y mar, hermoso pero sin otra señal que lo inhóspito del lugar, a donde iban algunas familias a tomar baños de mar.

Desde la zona del litoral habanero donde hoy está el parque Maceo y hasta el Río Almendares lo que existía entonces era una costa de agudos arrecifes y un monte firme e impenetrable, que las autoridades españolas consideraron siempre como una muralla natural ante ataques y lo llamaban “Monte Vedado”.
Así estuvo muchísimos años, pero en 1859 por todo San Lázaro comenzó a circular el ferrocarril urbano que iba desde las cercanías del puerto hasta la propia desembocadura del Almendares. En esa época aparecieron los barrios El Carmelo y Vedado.

Fotos: Roberto Suárez